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¿Hemos vencido a un enemigo? A ninguno,
excepto a nosotros mismos. ¿Hemos ganado
un reino? No, y no obstante sí. Hemos logrado
una satisfacción completa, hemos materializado.
Luchar y comprender, nunca el uno sin
el otro, ésta es la ley…” (Mallory).
La montaña es una presencia que reúne en sí misma la magia y el
milagro, el misterio y la revelación. Ella tiene un mensaje que entregarnos
en su lenguaje pétreo y metálico, y los que hemos descifrado
ese lenguaje tenemos la misión de difundirlo a todos los vientos para
que otros, junto a nosotros y después de nosotros, suban a recibirlo
y a empaparse de la sabiduría y simplicidad que nos brinda la dimensión
vertical.
No es fácil la montaña. Al revés del camino que se tiende frente a
nosotros invitándonos a seguirlo, ella es enhiesta y bárbara y su
grandeza nos cohíbe. Para entrar en su reino es necesario ser iniciado.
Por ello, los que hemos recorrido el áspero costillar de la tierra, debemos
compensar ese privilegio despertando en otros el encantamiento
por el arte de ascender, que no sólo significa ganar metros verticales,
sino compartir la experiencia, hacerla llegar a la humanidad entera,
ensanchando así nuestros propios horizontes.
Esta necesidad de compartir la emoción de llegar a la cima es innata
en el hombre, y a lo largo del tiempo se ha transformado en una tradición
dentro del mundo de montaña. Alcanzar una cumbre y buscar
bajo las piedras hasta dar con una pequeña vasija que guarda en su
interior historias y testimonios dejados allí como herencia para la
Introducción
historia, es una emoción de tal profundidad que se hace difícil de
transmitir y sin embargo siempre triunfa el imperioso impulso de
compartirla.
Los montañistas cumbreros, junto con
recordar y nombrar allá en
la altura a los integrantes del equipo patrocinador para que su
espíritu esté también presente en la cúspide, deben reservar energía
para realizar el amistoso gesto de dejar en la cumbre ese mensaje
para los que vendrán. Es un acto de gratitud hacia la vida por la
oportunidad de haber realizado la proeza de escalar, al tiempo que
de acercamiento y amistad hacia el próximo equipo que lo logre.
Hay dos formas de ascensión, a cual más válida: el ascenso ganando
terreno metro a metro, y el apoyo solidario de quien, con fe y
confianza en la capacidad del montañista, le ofrece el apoyo económico
que le permita realizar su sueño de altura. Este concurso es de
vital importancia para el éxito de la empresa pues, cuando logran
unirse dos voluntades, surge de esa unión la energía de la cual nacerá
y se irá fraguando la victoria. Y se consolidan así, el equipo de
montaña y el de apoyo, como los artífices de la aventura, como los
realizadores de la hazaña.
Siendo Chile un país con tanta presencia de montañas y con una
cultura de montañismo cada vez más fuerte, formar parte de un
proyecto que busca impulsar el montañismo apoyando a quienes
quieren ir al encuentro de las cumbres; pujar para que sean cada
vez más las cumbres chilenas visitadas; y lograr que la bella tradición
del testimonio contribuya a que se continúe tejiendo la historia de
las cumbres, es un verdadero placer.
Ver que una empresa como el Banco de Chile esté interesada en
apoyar esta pasión considerando nuestras montañas no como meros
límites sino como fuentes de sueños, nos provoca una alegría
inmensa. Y poder transformar este proyecto en un vehículo de
difusión del montañismo, es algo con lo que muchas veces hemos
soñado.
Hoy presentamos este sueño hecho realidad. Así como para alcanzar
la cima de una montaña se requirió del trabajo y esfuerzo a toda
prueba de un gran equipo de personas, así también fue necesario
e imprescindible contar con el apoyo prestado por el equipo que se
decidió a respaldar y a sostener en todo momento esta iniciativa. Comenzamos por los montañistas que participaron en el proyecto
Cajas Cumbre, cuyo aporte ha quedado estampado en cada uno de
los relatos e informes que en este libro se presentan, y continuamos
con los que lograron plasmar su experiencia en este libro que servirá
de referencia. Quiero agradecer especialmente a Andrea Gabriel,
Eugenio Guzmán, Eduardo Urtubia, Héctor Millar, Camilo Rada,
Teresa Pérez, Iain Mitchell, Darren Moss, Misael Alvial y Enrique Larenas.
Un verdadero legado para los montañistas que vendrán. |
Rodrigo Jordan
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